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Relaciones ordenadas, sociedades perfectas
por Marcelo Dos Santos
http://www.marcelodossantos.com.ar/
(especial para Axxón)
«Yo,
un insecto del orden de los himenópteros,
familia de los formícidos, me dirijo a vosotros,
los primates».
Pedro Gálvez: La Hormiga
«Ve
a la hormiga, oh perezoso, considera sus
caminos y vendrás a ser sabio. Ella no tiene
jefe, ni inspector, ni soberano. Se prepara durante
el verano su pan, allega su comida durante la siega».
Proverbios, 6:6-8
He discutido con
los amigos de la lista de Axxón acerca de la posibilidad de inteligencia
en los insectos sociales. La visión antropocéntrica acerca
de los animales considerados "inferiores" (¿desde el
punto de vista de quién?) suele provocar risa en los que no han
compartido días, semanas y meses observando, y conste que ya
no digo "estudiando", sino tan sólo "observando"
a estos insectos tan grandiosamente organizados, habitantes de la Tierra
anteriores al Hombre e, indudablemente, futuros herederos de nuestro
planeta cuando seamos capaces de cumplir de una buena vez nuestra misión
autoimpuesta de aniquilarnos.
El improbable best-seller de la ciencia ficción y fantasía
de Pedro Gálvez, La Hormiga, es una novela extraña y atractiva:
su autor, un antropólogo malagueño, se recibió
en la Universidad de Caracas y cursó estudios de entomología
en la Ludwig-Maximilians-Universität de Munich. Con estos
antecedentes, Gálvez desarrolla un texto que se supone escrito
por la única hormiga pensante que haya existido jamás,
que se autotitula "La hormiga que sabe desde hace poco" y,
previsiblemente, firma sus trabajos con el apelativo latino de Formica
sapiens recens.
Formica sapiens les escribe a los hombres sus memorias ("Reflexiones
de un himenóptero para uso de los primates") en un tono
doctoral y sucinto, y defiende la inteligencia de las de su especie
diciendo: "Seres mucho más pequeños que yo no han
vacilado en desperdiciar pluma y papel para llenar cuartillas propias
con ideas ajenas...". Nada más cierto. Si Formica sapiens
recens existiera de verdad, acaso consideraría este artículo
como una justa reivindicación de aquellos organismos que han
sabido construir una sociedad perfecta en base a relaciones mutuas verdaderamente
organizadas, leales y concisas. ¿Llegaremos algún día
a alcanzar logros similares?
Dejaremos esa pregunta
para los sociólogos. Mas, ¿qué sabemos, exactamente,
sobre las conductas de la hormiga y sus parientes?
Recientemente, el mundo escuchó con asombro inagotable la noticia
de que una especie de hormiga oriunda de nuestra castigada patria (Linepithema
humile) amenaza con conquistar, utilizando técnicas cooperativas
y de división del trabajo, al continente europeo completo.
¿En qué se diferencia Linepithema de aquí
en más la llamaremos simplemente "Humile" de
las demás especies de hormigas? La respuesta, no por simple,
deja de ser sorprendente. La mayoría de las especies fórmicas
se organizan de tal modo que hormigas iguales pero de colonias diferentes
se enfrentan en la guerra y luchan Normandías y Waterloos en
miniatura hasta la muerte de uno de los grupos. Humile, en cambio, tiene
la capacidad de reconocer a sus hermanas y cooperar para alcanzar el
bien común, aunque los dos grupos provengan de nidos ubicados
en los extremos opuestos de la colonia.
Humile llegó a Europa a bordo de plantas importadas (felicitaciones
a los encargados de la cuarentena: no sólo la Argentina está
llena de funcionarios incompetentes) y, en escasos 80 años, ha
desplazado totalmente a las 20 especies indígenas del Viejo Continente
y amenazan extinguirlas a todas. La colonia de hormigas argentinas ocupa
hoy un territorio que va (y no se sorprenda por la enormidad que va
a leer) desde el norte de Italia, pasando por el sur y centro de Francia,
hasta la costa atlántica española. Estamos, pues, hablando
de una colonia de hormigas extendida a lo largo de cinco países
y 6.000 kilómetros lineales, ¡que no luchan entre sí
y colaboran en el esfuerzo necesario para expulsar a las hormigas nativas
de Andorra, Orense o la Costa Azul!

¿Qué llevó a Humile a lograr esto, un éxito
que ni César ni Alejandro Magno ni Aníbal ni Napoleón
hubiesen sido capaces de lograr?
La respuesta es simple y abismal: a la vista de la realidad latinoamericana
actual, nos pone los pelos de punta, y ya quisiéramos votar a
Formica sapiens recens cuando termine el asunto de "que
se vayan todos" para que nos enseñase a proceder así:
Humile, al revés que las demás hormigas, eligió
la paz y la libre colaboración para resolver los problemas demográficos
de sus colonias. Despreciando la agresión a hormigueros próximos
de su propia especie, Humile simplemente une sus fuerzas con sus parientas,
y obliga a retroceder a las especies distintas. Evidentemente, la ecología
le importa un pimiento, sólo preocupándose por la supervivencia
de los suyos. ¿Deducirán de esto alguna enseñanza
los ecologistas, que suelen preocuparse por las ballenas mientras los
niños humanos mueren de hambre?
Ironías y recriminaciones aparte: "La colonia europea de
hormigas argentinas", afirmó el profesor Laurent Keller,
de la universidad suiza de Lausana, "representa la mayor unidad
de organismos cooperando que se ha descubierto en la Historia".
Y le asiste razón. La colonia abarca varios miles de millones
de individuos, distribuidos en millones de nidos, de Verona a Pontevedra
y de Santander a Marbella.
Pero, para saber si un congénere pertenece a la misma colonia
o no, la hormiga debe saber diferenciar a propios o extraños.
¿Cómo lo hace? "Los mecanismos de reconocimiento
están basados en el olor de la hormiga, y este olor tiene raíces
genéticas", nos dice el profesor Jürgen Heinze, mirmecólogo
(entomólogo especialista en hormigas) alemán de la universidad
de Erlangen.
Una parienta de
la Humile argentina, la también gauchesca Iridomyrmex humilis
(como ven, ambas tienen nombre que reputan su humildad), ha desarrollado
una estrategia de ataque que imitaron Wellington, Tutmosis y Marco Antonio:
en lugar de hacer como las demás hormigas, que luchan ciegamente
atacando a diestra y siniestra hasta exterminar al enemigo o ser destrozadas,
Humilis rodea al enemigo en lo que von Clausewitz llama "operación
de pinzas", lenta, insensiblemente, para atacarla con ferocidad
pero por retaguardia. Dos grupos se separan de la fuerza de combate
principal y se traban en feroz meleé con las enemigas,
pero por los flancos. La técnica militar del flanqueo
hubo de esperar a Asurbanipal y Senaquerib para ser descubierta por
los mamíferos: Humile la viene aplicando desde el Jurásico.
Acaso Humile haya aprendido sus técnicas de conquista geográfica
de la misma Humilis. Anota Gálvez que esta hormiga, originaria
de Brasil y Bolivia, se aclimató primero a la Argentina, el país
latinoamericano que mayores posibilidades ofrecía para intentar
la dominación del mundo hoy día los emigrantes hispanoamericanos
siguen aprovechando esta circunstancia. Dice el autor: "En
el año 1891, escondida en los cargamentos de café, llegó
a Tennessee, Carolina del Norte y Texas. En 1907, durante la Guerra
Anglo-Bóer, inició la invasión de África
del Sur, escondida en los forrajes que la caballería británica
importaba de la Argentina".
La carrera conquistadora de Iridomyrmex humilis es, como mínimo,
tan impresionante como la de Alejandro Magno: ya en 1882 dominaba las
Canarias, las Azores y Madeira, donde había exterminado a las
hormigas autóctonas; en 1908 había ganado Ciudad del Cabo,
donde era una plaga. Ir de Madeira a Lisboa fue para ella unas vacaciones,
arrasó Oporto y luego puso sitio a España, que cayó
sin lucha. Sus estrategas cruzaron a Francia por los Pirineos, y ni
los placeres de la Costa Azul detuvieron sus afanes de conquista, que
el propio Ramsés el Grande hubiera envidiado. En 1953 eran suyas
Mallorca y Nápoles, Capri e Ischia. Al tiempo reinaba sobre París
y Bruselas, y ni los rigores del clima en Berlín y Breslau pudieron
disuadirla, ni los hielos invernales de Hamburgo. Antes de comenzar
la Segunda Guerra Mundial, era ya la hormiga más endémica
de Australia, donde derrota y devora, porque es una especie antropóf...
perdón, formicófaga a todas las especies del lugar.
Hoy puede encontrársela en todo el mundo, y se la conoce como
"hormiga de hospital" porque, tontita como es, siempre prefiere
los edificios con calefacción central, que le ahorran el trabajo
de calentar a sus larvas.
La conducta de
ciertas especies de hormigas, si no es inteligente (que sí lo
es, como demostraremos más abajo), produce al menos una ilusión
de raciocinio sencillamente escalofriante.
Cuando las hormigas legionarias migran, arrasando a su paso la
tierra y devorando todo lo que encuentran, un grupo especial de guardia
de corps protege, marchando por los flancos, a los batallones de nodrizas
que transportan las larvas.
La "hormiga-sable amarilla", Strongylognathus testaceus,
es una maestra del arte militar: avanza en perfecta formación,
destacando grupos de observadores avanzados para detectar refugios de
sus enemigas. Cuando las halla, las destroza.
Polyergu rufescens, llamada "hormiga amazona", aplica
una estrategia perfecta: sus presas, algunas especies del género
Serviformica (literalmente, "hormiga esclava", esclava
de la Polyergu, claro) están condenadas si Rufescens anda
cerca. Avanza el soberbio ejército en gigantescas cohortes de
trescientos a quinientos mil infantes (Nabucodonosor no necesitó
menos para derrotar a Jerusalén). Cuando encuentran un hormiguero
de hormigas esclavas, envía sus patrullas de reconocimiento para
descubrir el mejor punto para atacarlas. Una vez logrado esto, un grupo
de vanguardia golpea a las primeras defensoras, volviendo luego a informar
al grueso de la infantería acerca de la decisión y la
fortaleza del enemigo. Luego, rodean el castillo enemigo, que precipitadamente
construye fortificaciones, trincheras, muros y fosos defensivos con
guijarros y palitos. Pero Polyergu tiene sus unidades de ingenieros,
que pronto abren brechas en las murallas para que los infantes pesados
ataquen los ahora indefensos túneles. El premio obtenido es,
siempre, el descubrimiento de la "nursery" enemiga. Se las
puede ver, entre las cinco y las siete de la tarde, regresando a su
mínima Nínive hormiguesca, en perfecta formación,
transportando entre sus temibles sables una ninfa o una larva cada una.
Dejarán los bebés esclavos en manos de las nodrizas de
su propio pueblo, y regresarán a destruir definitivamente el
hormiguero de las esclavas. Rubescens practica el principio napoleónico
de "guerra hasta la aniquilación total". Las ninfas
y larvas esclavas se encontrarán, cuando sean adultas, en un
nido de amazonas, recibirán un status social igual al del resto,
e incluso acompañarán, como los indios renegados que cabalgaban
junto a Roca o Custer, a las amazonas en el exterminio de otras colonias
de su raza.
Lasius niger ha domesticado a un género de pulgones hasta
un grado tal, que, como nuestros animales domésticos, el pulgón
ha perdido incluso la voluntad de alimentarse. Si Níger
no le da de comer en la boca, el pulgón muere de hambre. A cambio,
se deja ordeñar una sustancia dulce de la que las hormigas se
alimentan. Luego las Lasius regresarán a su nido, no sin
antes dejar un destacamento en custodia de los pulgones. Más
tarde vendrán los ingenieros viales, que talarán los pastos
para construir el camino más directo desde la "ciudad"
hasta el "ganado". Los arquitectos y los ingenieros construirán
establos para que los pulgones no duerman a la intemperie, pequeña
cúpulas de barro donde, además, sus "vacas"
quedarán al resguardo de sus depredadores. Y una guardia militar
con turnos, jerarquías y ordenamiento las protegerá de
las incursiones de otras hormigas "cuatreras". Si hace mucho
frío, esta guardia solicitará permiso para trasladar a
los pulgones a una cámara caldeada del hormiguero. Un ejército
de hormigas pastoras rotará a los pulgones para que se alimenten
de las hojas de distintas plantas, trasladándolos a la siguiente
cuando han terminado con la verdura de una. Las hormigas veterinarias
les recortan las alas como hacemos con nuestros loros, para que los
pulgones no puedan escapar volando. Toda una casta especial de nodrizas
cruzará a los mejores pulgones, seleccionará sus huevos
y cuidará de sus larvas, como cualquier granjero hace con su
ganado económicamente productivo.

Lasius flavus, prima de la anterior, no sólo se dedica
a la industria "láctea" sino también a la "cárnea".
Los pulgones menos productivos van a la matanza para ser faenados. Si
no dan "leche", son sacrificados y rápidamente transformados
en nutritivos bifes y hamburguesas. Muchas especies de pulgones, como
nuestros animales domésticos, ya no existen en estado silvestre
y sólo se los encuentra en estado de "domesticación"
en los complejos y túneles de las hormigas que los crían.
Algunas especies, ladronas de profesión, no se ganan el sustento
por sí mismas, sino que roban el alimento de los depósitos
de otras hormigas. Para ello, deben superar el obstáculo del
olor, que es el medio por el que las hormigas diferencian a la tropa
propia. Estas delicuentes del hormiguismo, ejecutan lo que podría
llamarse un "secuestro exprés": sorprenden a una hormiga
de la especie dueña del granero, la raptan vilmente, y se la
frotan por todo el cuerpo para que el olor de aquélla enmascare
y tape al suyo propio. Luego, se mezclan con las ordenadas filas de
trabajadoras que ingresan al hormiguero, saludan a los soldados de guardia
con un "buenassss..." cansino y lacónico, y los guardianes
las reconocen equivocadamente como ciudadanas y las dejan pasar. Ya
en el interior del hormiguero, la intrusa robará el alimento
y se hará humo tranquilamente.
Podríamos seguir dando ejemplos, pero la falta de espacio nos
obliga a conformarnos con éstos e interrumpirnos aquí.
Sin embargo, la
pregunta "¿Pero son éstas conductas inteligentes?"
aún no ha sido respondida.
El entomólogo indio Rajeesh Parwani explica que la inteligencia
de los insectos sociales debe estudiarse a dos niveles: al individual,
donde el comportamiento de cada ejemplar es sumamente simple e incluso
a veces azaroso, y a nivel de la colonia o grupo, donde encontramos
una fenomenología cooperativa y altamente autoorganizada.
Con el siguiente experimento, se llegó a conclusiones sorprendentes:
Se colocaron dos fuentes de comida equidistantes de un hormiguero. Las
fuentes de comida eran repuestas regularmente, de modo que ninguna de
las dos se agotaba nunca. Sabemos que las exploradoras buscan y encuentran
las fuentes de comida, dejando tras de sí un rastro odorífero
de feromonas para que las hormigas recolectoras puedan seguirlo hasta
el alimento. Se estudió el comportamiento de las hormigas, observando
cuáles fuentes de comida preferían. En la teoría,
por consiguiente, el comportamiento de las grandes masas de hormigas
recolectoras debía reproducir, en mayor escala, el de las pocas
exploradoras que habían descubierto las fuentes de comida.
Sin embargo, no fue así. La cantidad de visitas a ambas fuentes
de comida oscilaba de manera diferente a la de la proporción
de exploradoras que había descubierto una y otra, contradiciendo
la idea de que más hormigas irían al que presentaba más
rastros dejados por más exploradoras. En la realidad, el número
de visitas fluctuaba en una medida injustificable si cada hormiga sólo
se dedica a seguir el rastro de una exploradora cualquiera.
Parwani consiguió aislar el modelo teórico que gobierna
estas fluctuaciones. Cada hormiga, al salir del hormiguero, puede seguir
una de tres conductas:
- Puede
visitar la última fuente de comida que conoció;
- Puede
ser reclutada o "convencida" por una hormiga que regresa,
para visitar el que visitó aquella; o
- Puede,
libremente, decidir visitar una fuente distinta a la que visitó
por última vez.
Este modelo, real
desde el punto de vista experimental, contiene entonces un amplio grado
de "libre albedrío" en la decisión que la hormiga
toma al salir del hormiguero. Esta adaptabilidad, según Parwani,
capacita a la colonia para adaptarse a una situación en constante
cambio: en nuestro ejemplo, cambiar a la explotación de una nueva
fuente de comida que se ha hecho repentinamente accesible, invirtiendo
una costumbre adquirida. Ésta es, desde cualquier punto de vista,
una excelente definición de "inteligencia".

"En otras palabras", explica el científico, "las
hormigas procesan sus opciones en paralelo, explorando continuamente
la manera de hallar mejores soluciones a un problema. Algunos, como
Ormerod, usan mis tres reglas para explicar no sólo el comportamiento
observado en las hormigas, sino también varios sistemas sociales,
como por ejemplo la economía".
En el contexto económico, la regla 2) implica que los individuos
no siempre actúan independientemente, sino que pueden ser convencidos
o influenciado por opiniones o consejos ajenos (que nos digan a nosotros
los argentinos, país conocido como Capital Mundial del Rumor
Económico). Los nuevos modelos económicos, como los ABM
(agent-based models, modelos basados en agentes), explican el mundo
como un sistema fuera de equilibrio regido por las tres mismas leyes
que gobiernan la alimentación de las hormigas. El mismo descubrimiento
ha inspirado a los programadores la creación de algoritmos utilizados
universalmente hoy en día, como los sistemas inteligentes que
redireccionan las llamadas desde las líneas congestionadas del
sistema telefónico de una gran ciudad hacia las que tienen menos
tráfico. Todos los algoritmos de este tipo han sido copiados
del comportamiento social de las hormigas, y tratan de imitar, a escala
humana, la impresionante inteligencia colectiva de nuestro amigo el
himenóptero.
Pero quedaría
por averiguar de dónde proviene esa inteligencia colectiva.
Nigel R. Franks, en su estudio "Army Ants: A Collective Intelligence",
(American Scientist, 77:139, 1989) nos da la respuesta.
Si uno coloca cien hormigas soldado sobre una superficie plana, caminarán
en círculos, al azar, interminablemente, hasta morir de agotamiento
e inanición. Pero, sorprendentemente, si en vez de colocar cien
soldados uno pone un millón de soldados, los cien estúpidos
guerreros perdidos en el desierto se transforman inmediatamente en un
sofisticado súper-organismo, que comienza al momento sus legendarias
expediciones de investigación y conquista y que es capaz de mantener
la temperatura de la colonia en los ajustadísimos límites
de un grado centígrado.
Nosotros, los humanos, poseemos una inteligencia individual, y también
una inteligencia colectiva. Las hormigas, sin embargo, sólo poseen
inteligencia colectiva. De a una son tan estúpidas como un funcionario
gubernamental argentino (sólo que éstos se resisten a
hacernos el favor de caminar lejos hasta morir de hambre).
¿De dónde sacan las hormigas su inteligencia grupal?
Del mismo sitio de donde la sacamos nosotros: de las comunicaciones.
El Dr. Franks escribe: "Parece ser que la inteligencia, natural
o artificial, individual o colectiva, es una propiedad resultante de
la comunicación colectiva. La misma conciencia humana es un epifenómeno
de una extraordinaria capacidad de procesamiento. A pesar de que los
expertos prefieren evitar las definiciones simplistas de la inteligencia,
parece estar claro que la inteligencia requiere de la manipulación
racional de información simbólica. Esto es exactamente
lo que hacen las hormigas guerreras, que pasan de individuo a individuo
toda su información a través de lectura y escritura de
símbolos, a menudo bajo la forma de feromonas químicas,
que estimulan al otro a cambiar sus patrones de comportamiento".
Por mucho menos, un libro de Mao o el Corán ha hecho que muchos
humanos obren de la misma forma, aunque no con la eficiencia de un grupo
de hormigas.
En su artículo, Franks explica dos comportamientos de las hormigas
que son impresionantes por lo precisos: el conteo del tiempo y la técnica
de navegación.
El mantenimiento de un reloj estable y preciso, posiblemente oculto
en las profundidades del cuerpo de la reina, les confiere un ajustado
ciclo de 15 días de nomadismo (tiempo que tarda el crecimiento
de las larvas) seguido de 20 días de vida sedentaria (que las
pupas necesitan para su desarrollo). Incluso la puesta de huevos por
la jefa de la colonia se ajusta a este ciclo inviolable. Sin embargo,
las expediciones al interior del bosque ocurren en ambas fases.
Más sorprendente todavía es el sistema que usan para elegir
la dirección de sus expediciones de guerra: durante la fase sedentaria,
las hormigas soldado envían sus grupos de exploradores u observadores
avanzados en 14 direcciones diferentes, que cambian sucesivamente, en
el sentido de las agujas del reloj, separadas unas de otras por exactamente
123° de arco. Este procedimiento se ha verificado como el necesario
para dar tiempo a una presa o enemigo nuevo a aparecer en una dirección
que ya había sido explorada anteriormente y se había mostrado
sin interés.
Pero ¿cómo pueden las hormigas determinar la dirección
en medio de un denso bosque tropical? Se piensa que son capaces de orientarse
porque ven la polarización de la luz del sol. Sin embargo, a
pesar de que las hormigas tienen ojos facetados, cada ocelo tiene sólo
una faceta, lo que las incapacitaría para verificar el grado
de polarización de la luz.
"El misterio es", dice Franks, "cómo hacen las
hormigas soldado para orientarse, teniendo como tienen un sistema visual
tan rudimentario. Imagino que toda la colonia se comporta como un gigantesco
ojo compuesto, donde cada hormiga en el frente de ataque contribuye
prestando a la colonia dos lentes multifacetados, para crear entre todas
un inmenso ojo de 10 a 20 metros de ancho, con cientos de miles de facetas".
La inteligencia
del hombre no ha logrado, hasta hoy, crear una sociedad perfecta. Esto
ocurre porque, como se ha visto, para una sociedad perfecta es necesaria
una inteligencia perfecta, basada en relaciones perfectas entre los
miembros. Ya hemos visto desde siempre nuestros errores e incapacidades
de procesamiento de información, comunicación y transmisión
de ideas, sentimientos y emociones. Así nos va, y así
nos irá si no cambiamos.
La hormiga, ese pequeño y en apariencia despreciable insecto
a quien los antropocentristas se empeñan en calificar de "instintivo"
o "no inteligente" ha demostrado, a la luz de nuestros conocimientos
actuales, poseer una inteligencia colectiva mucho más perfecta
que la que las sociedades humanas pueden aspirar a lograr jamás.
La clave, que ellas han descubierto hace más de 180 millones
de años, es que la inteligencia individual no sirve para sostener
una sociedad perfecta si las relaciones entre sus miembros no están
ordenadas de una manera también perfecta.
Acaso, como dicen Gálvez y la mismísima Biblia, debamos
aprender de las hormigas en vez de descartarlas como simples e insensatas
máquinas biológicas.
Axxón
118, septiembre de 2002
Agradecemos
al autor su permiso para publicarlo.
"Publicado originalmente en Revista Axxón
(www.axxon.com.ar)".
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