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El
Santurario de las mariposas Monarca |

Aprovecho
para compartir con vosotros una experiencia que tuve hace algunos años
cuando visité el Santuario de las mariposas Monarca en la Sierra
Madre de México. Fue una experiencia de esas que se recuerdan
siempre porque son algo totalmente fuera de lo normal, casi mágico.
En primer lugar debo decir que toda
esa zona presenta una problemática social y económica
muy fuerte y eso es algo repercute en gran medida en la situación
del bosque y que pone en peligro la misma supervivencia de la especie
en Norteamérica; pero ese es un tema muy amplio del que en otro
momento podríamos hablar; ahora quisiera limitarme a narrar la
experiencia de aquella visita extraordinaria.

Fue el año 96, si no recuerdo
mal, cuando un grupo de amigos organizamos una excursión al Santuario
de las Mariposas Monarca. Al principio no teníamos muy clara
su exacta localización ya que durante un tiempo fue una especie
de lugar legendario del que todo el mundo hablaba pero no todos sabían
cómo llegar. Por unos amigos de esa zona me enteré de
que todo estaba cerca de una población llamada Ciudad Hidalgo
y más concretamente a pocos kilómetros de un pueblo llamado
Angangueo, que no mucho tiempo atrás había salido a la
luz en la prensa a causa de una serie de conflictos entre los madereros
y las poblaciones de mariposas. Luego solamente tuvimos que localizar
la población. Con una guía del estado de Michoacán
no fue difícil descubrir el lugar exacto.
Hoy todo esto es muy diferente y en la
actualidad es relativamente sencillo encontrar en la red mapas concretos
del lugar, anuncios de hoteles de la zona con viajes organizados y todo
tipo de fórmulas comerciales de excursiones turísticas.
Vamos a ver. Una idea general de
la localización: La Ciudad de México, La Megalópolis
de 22 millones de habitantes que todos llaman El D.F. (Distrito Federal)
se extiende por una gran llanura (Anteriormente una extensa laguna)
que ocupa un altiplano a 2400 metros sobre el nivel del mar rodeado
por altísimas montañas cubiertas de densos bosques de
abetos. Al Sudeste del casco urbano se elevan las dos cumbres siempre
nevadas de los dos volcanes Popocatepetl e Iztaccihuatl que son palabras
nahuatl (Azteca) que significan respectivamente "La Montaña
que fuma" y "La Dama Blanca". Al Oeste, sin embargo las
cumbres son ligeramente más bajas y comunican por carretera a
través de túneles con unos extensos altiplanos de enormes
bosques y más allá una desangelada ciudad industrial,
llamada Toluca. Esta población gris, sucia, extremadamente ruidosa
y neblinosa se encuentra en medio de unos páramos fríos
y húmedos, cruzados por viejas acequias flanqueadas de interminables
hileras de sauces pequeñitos. Más al Oeste y al sur se
levanta la mole oscura de otro volcán que llaman "El Nevado"
aunque rara vez lo está. Seguimos por la carretera hacia poniente
y el paisaje vuelve a hacerse más verde y bonito. Comienzan las
colinas boscosas que son las arrugas finales de la Cordillera Neovolcánica
antes de precipitarse en las llanuras templadas e interminables que
recogen las aguas de lluvia hacia la cuenca del río Balsas.

Antes de dejar la Sierra y en la
parte en que el estado de México se une al de Michoacán
aparece un lugar muy estimado por veraneantes adinerados que se llama
Valle de Bravo y que es una hoya ocupada por un lago artificial entre
colinas densamente arboladas por las que trepan las urbanizaciones y
los chalets entre pequeñas cascadas. Un poco más al norte
está la zona del santuario. Es una tierra poco poblada de malas
carreteras y peor señalización, varios pueblos de comunidades
indígenas y algunas ciudades no muy grandes. Si unimos con una
línea imaginaria tres de ellas, Zitácuaro, Ciudad de Hidalgo
y El Oro de Hidalgo formamos un triángulo, uno de cuyos lados
coincide más o menos con una cresta montañosa algo curva
que es precisamente el lugar en el que se ubican cuatro de los seis
santuarios de Mariposas. Junto a esa cresta redondeada está el
pueblo de Angangueo que es como una mancha de casas en una pradera que
la carretera atraviesa, con una Iglesia colonial de color blanco bastante
grande.
Desde allí con una Camioneta o
un Jeep te llevan por un camino pedregoso y muy polvoriento atravesando
los campos resecos hacia las laderas de color muy oscuro, donde están
los árboles grandes. A estas alturas hay que decir algo sobre
el clima. Esta parte de México tiene dos estaciones principales;
una de ellas húmeda que se extiende desde mayo a octubre y durante
la cual cae un chaparrón intenso, pero breve casi cada día
(teniendo en Junio un pico de tormentas bastante violentas). La estación
seca se extiende desde mediados de octubre hasta finales de Abril o
principios de mayo y durante ella no llueve prácticamente nunca
y el cielo permanece despejado. En cuanto a las temperaturas podemos
decir que no son cálidas, pues estamos casi a tres mil metros
de altura, pero tampoco frías porque estamos a unos 19 grados
de latitud norte, o sea, si cambiamos de continente para hacernos una
idea, a la altura del Sudán, más al sur incluso que el
desierto del Sahara, y eso es muy cerca del ecuador, o sea en pleno
trópico. Diferencias entre Verano e invierno casi no hay, porque
la lluvia de verano hace más fresco el verano y la sequía
invernal llena de sol los meses de frío. Las mariposas de todo
el norte de México, todo Estados Unidos y Canadá empiezan
el viaje hacia el sur, hacen unos 120 kilómetros cada día
y se van congregando en grupitos que vuelan a baja altura durante las
horas de sol y que misteriosamente se dirigen sin dudarlo y de un modo
misterioso hasta este pequeño y concreto lugar de México.
Digo misterioso y la palabra se queda muy corta porque estas mariposas
han nacido en cualquier lugar del continente, nunca han visto las tierras
de México que están muchos miles de kilómetros
al sur, pero su instinto les hace dirigirse allí sin vacilar.
Es un fenómeno que en estos momentos no parece tener una explicación
clara.
SANTUARIOS
DE LA MARIPOSA MONARCA

Las carreteras mexicanas de la zona
tienen a menudo señales de tráfico que indican - atención;
lugar de tránsito de mariposas - porque ellas vuelan en grupitos
a muy poca altura; apenas un metro y medio o un poco más del
suelo, y en ocasiones el paso de un vehículo a altas velocidades
en la época en que están llegando podría crear
una masacre.
El todo terreno se detiene en medio
de una explanada polvorienta que es algo así como un aparcamiento
y allí ves multitud de coches, rams charger, camionetas de todos
los lugares imaginables y varios países. Algunos lugareños
corren a tu encuentro para ofrecerte el servicio de vigilar tu coche
durante tu estancia por unas cuantas monedas. Hoy día los pesos
mexicanos equivalen a lo que eran unas 16 pesetas, o sea, de un modo
aproximado unos 10 céntimos de euro. Más adelanta una
pista comienza a ondular entre los campos resecos (recordemos que las
mariposas están aquí solamente en invierno, que es la
estación seca). Alrededor de la pista hay decenas de casetas
de chapa y madera, así como puestos de humeante comida y refrescos,
tiendecitas (tianguis les llaman allí) gestionadas por amables
y eternamente sonrientes señoras indígenas de los pueblos
cercanos. Es un ambiente festivo, hay tinas de aluminio con hielo y
botellas de bebidas, cervezas. Viejos bidones de petróleo ultilicados
como hornillos con brasas donde se calientan frituras, comales donde
algunas chicas amasan tortillas de harina de maíz, cazuelas con
chicarrones, puestos de souvenirs con mariposas de papel, figuritas
de escayola y telas de colorines. La verdad que cuando fui había
mucha gente. Sobretodo turistas extranjeros, de USA, españoles,
japoneses, y también familias adineradas de la Ciudad de México
con sus hijos. Era un flujo constante de turistas llegando y viniendo
a lo largo del día, en autocares, camionetas e incluso subidos
en grupitos sobre camiones pequeños de carga.
Más arriba la senda se introduce
en la sombra que ofrecen las lindes de un bosque todavía disperso,
donde el aroma del abeto mexicano que allí se llama Oyamel (Abies
religiosa) comienza a sobreponerse al olor de la comida y a los ruidos
estridentes de los radiocasettes. Una casa de madera con unos guardas
nos indica el inicio de la reserva biológica. En la casa un aula
con posters e informaciones diversas acerca de las mariposas nos enseña
los datos principales sobre la biología de estos insectos, hace
las recomendaciones pertinentes y expone las normas de la reserva natural.
Más adelante comienza el ascenso entre los árboles por
una pista de tierra amarillenta que serpentea entre arbustos bajo el
dosel claro de los grandes árboles. La periferia del bosque no
es densa, pero comienza el misterioso silencio y la presencia de las
mariposas que se adivina aquí y allá con la aparición
ocasional de alguna que otra monarca, volando en la luz como un palpitante
espejuelo naranja. Más adelante te das cuenta de que las mariposas
te acompañan en el camino, cada vez hay más y todas suben
contigo hacia el bosque (estamos en noviembre, cuando aún están
llegando las más rezagadas). Tres o cuatro mariposas van a tu
lado, a la altura del pecho, volando sin prisas camino arriba. Las personas
seguimos el camino y las mariposas están más bien sobre
la cuneta, pero también ocasionalmente se te ponen delante, donde
el sol está presente y hace más calor que entre los árboles.
Se crea un ambiente muy especial.

De repente hay un claro grande en
el bosque, una ladera inclinada con unos regatos de agua que serpentean
entre las hierbas, una pradera con hierbas altas y algunos arbustos
florecidos. Noviembre es una época de muchas flores en las zonas
de clima biestacional. La gente se sienta en grupos. Las mariposas son
más abundantes. Aquí el camino hace un rodeo, una gran
curva, pero las mariposas siguen en línea recta hacia el santuario.
Las que vienen volando desde otro lugar crean una segunda corriente
transversal al camino y las ves atravesando al vuelo entre la gente,
pasan por delante tuyo, ocasionalmente se detienen en tu hombro o sobre
tu camiseta, aletean un poco y siguen volando. Son muchas, no parecen
tener miedo, allí ellas son las anfitrionas y el hombre es solo
un visitante. Es su lugar.
Nos
habíamos quedado en el claro del bosque, un camino que hacía
una curva y luego avanzaba de nuevo hacia los árboles. La temperatura
era templada, el cielo terso como de porcelana con alguna nube dispersa
y despistada flotando cerca del horizonte...pero veámoslo cómo
fue en presente:
Allí donde en el suelo corre
un regato de agua que serpentea y se remansa en pequeños charcos,
las mariposas se acumulan en silencio. Cubren toda la orilla como una
hilera móvil, vivamente coloreada en torno al espejo de agua,
un encaje de alas que se abren y cierran constantemente, con lentitud
majestuosa. La monarca cuando está posada en algún lugar
extiende las alas sin cesar, con amplios y pausados movimientos muy
curiosos...luego las vuelve a plegar, aunque no totalmente sobre su
cuerpo grande, de un negro de terciopelo muy profundo con grandes lunares
blancos.
Las normas del parque explican que
está totalmente prohibido, claro está, cazar mariposas
y ni siquiera recoger las que están muertas (ya que algunos sin
escrúpulos las matarían y luego dirían que las
encontraron así). De hecho sería muy sencillo cogerlas
porque a menudo se detienen encima tuyo unos instantes, trepan por el
brazo equilibrando sus largas patas con aleteos (la tela de nuestra
ropa se les engancha un poco en las patas) y luego, al llegar al hombro
reemprenden el vuelo, se unen a las demás en grupos de tres o
cuatro, y siguen ascendiendo la ladera hacia el oscuro bosque que un
poco más allá filtra los rayos del sol como una catedral
antigua y vegetal.
El camino gira y entre unos desmontes
se precipita en el sotobosque, ya hemos llegado al santuario, ante nosotros
se extiende un expectáculo fastuoso. Los abetos reciben el sol
en sus ramas cubiertas de mariposas. Ya no son unas cuantas, son miles,
decenas de miles...en realidad son millones. Tal árbol vemos
que está semi cubierto por un movedizo fantasma anaranjado. Densos
cortinajes de mariposas balanceándose ligeramente. Las alas naranjas
tienen un brillo satinado, casi reflectante. Otro árbol tiene
las ramas de un lado caídas bajo el peso de los insectos, que
casi tocan el suelo en larguísimas cadenas. Es mediodía
y el sol ha activado el movimiento de esos cuerpecillos que al amanecer
estaban inmóviles. El siguiente árbol está completamente
oculto bajo los Lepidópteros. En las ramas hay unas largas y
gruesas columnas ondulantes de mariposas, grandes colgaduras formadas
por cuerpos vivientes que se mueven constantemente pero sin nerviosismo,
no caminan, aletean un poco, se sujetan con las patas a las ramas y
al cuerpo de las demás. Sobre tu cabeza y tus hombros, en el
aire quieto un chorro de mariposas llueve hacia delante, y se introduce
en el laberinto. Un poco de viento agita y balancea las copas puntiagudas
desprendiendo algunas mariposas que flotan un instante somnolientas
y luego se vuelven a adherir al árbol. hace calor, pero no mucho,
la atmósfera es seca en ese florido otoño de montaña,
pero dentro del bosque no se ven muchas flores, solamente algunos arbustos.

Donde comienzan a ser las mariposas
extremadamente abundantes hay un guarda que te impide el paso. Dos o
tres metros más allá el camino desaparece entre manchas
de mariposas que cubren el suelo a trechos, pero la mayoría están
en las ramas de los árboles. Realmente es muy difícil
de describir. La sensación es penetrante y progresiva, es mágica.
Somos unas cien personas detenidas a tres metros de las enormes masas
de mariposas y siguen llegando más personas. Las que llevan un
rato allí son invitadas por el guarda a retroceder por el camino
para dejar paso a los que están llegando.
Hay todo tipo de reacciones, desde niños
excitadísimos que resoplan y dan saltos imaginando las refinadas
torturas que harían sus "inocentes" manos con tanto
bicho volador a mano, hasta adolescentes que miran las mariposas con
simulada indiferencia para no parecer demasiado atentos y normales,
no sea que alguien crea que reaccionan con el mismo entusiasmo que sus
padres, lo que sería digno de la eterna maldición de sus
amigos. Desde hombres y mujeres ancianos, que superados los prejuicios
de edades anteriores, disfrutan con la inocencia de un pequeñito
pero atesorando en sus frentes arrugadas la sabiduría de una
vida que les ha enseñado que las cosas verdaderamente bellas
son sencillas, hasta chicas en edad de merecer que, viéndose
junto a apetitosos chicos jóvenes hacen ridículos gritos
de terror cuando una mariposa se les sube en el jersey, pera ver si
algún chico les compadece y ayuda poniéndoles la mano
encima.
Los matrimonios de edad mediana
contemplan risueños, como transportados a otro planeta. En sus
corazones se despiertan algunos sentimientos apagados desde la infancia,
algunas ilusiones e impresiones remotas de cuando sus almas eran infantiles
y felices. Esta apertura es sana y energética y derrama en sus
corazones una lúcida ilusión que se extiende como un bálsamo
y que permanecerá desde ese momento en adelante. Algunas personas
solitarias ríen, algunas muy sensibles lloran dando gracias por
algo que quizá nunca soñaron ver en parte alguna. Alguna
muchacha saca su cuaderno y comienza a dibujar con su lápiz blando,
trazando en la hoja, con rápidos movimientos, el retrato de una
mariposa que luego en casa dará color.
Algunos dicen que si escuchas en
silencio puedes oír los aleteos de tantos millones de insectos
volando a la vez. Creo recordar haber sentido ese rumor apagado, como
un susurro envuelto en terciopelo, pero no puedo asegurarlo. Quizá
si la gente hubiera estado callada hubiera sido más sencillo;
pero ... ¿cómo puedes callar en un momento así?
Tienes ganas de decir infinidad de cosas a las personas que te rodean.
En fin. Todo se acaba antes o después,
y tras un rato de estar allí tienes que volver. Abandonas el
santuario lentamente, sin ganas y volviendo la vista atrás cada
cuatro pasos. A ello te impulsan las mariposas que siguen llegando con
los demás turistas y que ahora te las encuentras volando de cara
a ti, pues ellas, en noviembre, solamente suben, no se marcharán
hasta febrero.
Aterrizas en el llano como el que
regresa a algo un poquito más prosaico, con sus tenderetes, sus
souvenirs, sus puestos de comida, y sus ruidosas canciones mexicanas
cuyo único, eterno y exclusivo tema es el amor traicionado. En
medio del polvo de camionetas que emprenden la marcha llegas al pueblo
y de allí te lanzas a la carretera, cada uno hacia su lugar de
origen, aprovechando una tarde transparente que se va oscureciendo entre
los bosques del camino.

En el camino de vuelta haces algunas
reflexiones. Las mariposas monarca son grandes, de color encendido y
parecen pequeños vitrales por tener las venas de las alas dibujadas
en intenso color negro. Todos los ejemplares son prácticamente
idénticos y cuando los ves juntos parecen un tapiz coherente.
Las hembras tienen las nervaduras con un negro más ancho y los
machos tienen dos pequeñas manchas simétricas cerca del
borde interno de las alas posteriores. Las orugas son también
muy bonitas pero no ves ninguna en el santuario porque allí pasan
el invierno, pero no han venido a reproducirse. Las Monarca son mariposas
muy resistentes, las alas son grandes y el tórax es fuerte. Son
unos insectos que tienen aspecto vigoroso y un vuelo seguro, no rápido
pero constante. Los pájaros no se las comen porque tienen un
desagradable sabor que anuncian con sus vivos colores y que proviene
probablemente de unas sustancias venenosas que obtienen de las Asclepias,
las plantas de las que sus orugas se alimentan. El camino durante la
primavera, verano y otoño de México a Canadá y
volver no se desarrolla en una sola generación. Hay un misterio
en todo esto. Las mariposas que en febrero salen del santuario se dirigen
hacia el norte, se dispersan tras aparearse y ponen sus huevos en las
plantas de algunas zonas del norte de México o el sur de los
Estados Unidos. Estas mariposas mueren después de poner los huevos
y generalmente no llegan a su destino. Las orugas que nacen de estos
huevos nacen, crecen, se desarrollan y se convierten en crisálidas
como barrilitos verdes colgados boca abajo de las plantas y al nacer
las mariposas siguen su viaje hasta el norte de Estados Unidos y Canadá.
Al llegar comienzan una nueva generación veraniega. Esta generación
veraniega nunca ha visto el santuario ni siquiera sus padres que nacieron
en el viaje de regreso. Son especialmente abundantes en el noreste del
continente y en el estado de Nueva York. La nueva generación
se completa en el otoño y estas mariposas serán las que
volverán al santuario. ¿Cómo lo hacen? ¿Por
qué? Creo que el misterio no es solamente la orientación,
sino el por qué van a estos lugares tan precisos. Cuando vas
al santuario te da la sensación que es un bosque como tantos
otros miles de bosques extendidos por el continente. Ni siquiera es
un lugar de clima especialmente benigno y a veces las noches son frías
y desapacibles. ¿Qué mueve a mariposas nacidas en Canadá
volar hasta un lugar pequeñísimo de México y quedarse
allí todo el invierno? ¿qué las mueve a todas ellas,
dispersas por toda Norteamérica a ir al mismo sitio? ¿Cómo
lo reconocen y cómo llegan a él partiendo de lugares tan
diferentes cuando ni siquiera sus padres, la generación intermedia,
estuvo en ese lugar?
Muchas son las preguntas que hacerse,
y mucha la investigación que queda por llevar adelante. En mi
caso lo que deseo es poder tener la oportunidad de regresar algún
día. Quién sabe si en el futuro dentro de este mismo grupo
de amigos de la lista podemos hacer un viajecito. No sé, soñar
es sano y gratuito. Bueno, aquí termino.
Espero que os haya gustado este
relato y espero no haber sido demasiado pesado.
PD: ¿se nota que me gustan las monarca? de hecho me gustaría
poder en casa ensayar su cría, pero no sé exactamente
dónde conseguirlas. De momento he pedido unas plantas de Asclepias
para empezar a cultivarlas.
Un
abrazo a todos
Francisco
Javier Carpi
(Recogido
con permiso del autor de mariposas@eListas.net)
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